En la ribera de un río sucio, maltratado por los desechos del vecindario, está echado un cerdo sobre una cerda. En este lascivo paisaje de aún más perturbadores olores, no se escucha ni un gemido, ni una ráfaga de sofocación animal, y es posible juzgarlo por esa breve turba de ojos y maliciosas sonrisas que rodean a los cerdos. Una mirada se fuga del espectáculo y viene a solicitarme atención y sorpresa. Por supuesto, el coito de dos cerdos puede impregnarnos de cierto asombro, motivado por muchas razones. No obstante, este acontecimiento, de algún valor pornográfico para aquellos, ¿qué impresión nos deja? ¿No son los espectadores y el entorno aun más impactantes? Y el cerdo, desoladoramente, ni se movía.